«Acabo de regresar de mi misión anual en España y me regocijo al ver hasta qué punto el Cielo nos acompañó durante aquel largo periplo en el cual visitamos 8 ciudades. ¡Sí, el Cielo se ha manifestado concretamente a través de un hecho sorprendente que deseo compartir aquí, para la gloria de Dios! 

Nuestro pequeño equipo estaba compuesto por 5 personas. Viajábamos todos en una camioneta, aprovechando para rezar juntos en los desplazamientos. Cada uno de nosotros tenía una función particular. Yo iba en el asiento trasero al lado de Juan Antonio, mi traductor del francés al castellano y a su lado estaba Gloria, quien hacía de nexo con cada una de las parroquias donde estábamos invitados. Adelante, al volante, iba Jesús B., encargado de la impresión y difusión de mis libros en varios países de habla hispana, y junto a él, Juan -amigo nuestro y esposo de Gloria-, que le hacía de copiloto y se encargaba generosamente de los asuntos prácticos. Resumiendo: ¡el equipo ideal!

El día que estuvimos en Oviedo coincidió con la fiesta anual de las Américas y había muchísima gente. Juan Antonio caminaba a paso bastante lento para acomodarse a mi ritmo y aprovechaba para explicarme hermosos detalles de aquella festividad. Gran cantidad de países americanos estaban representados con carrozas y grupos folklóricos.

Cuando llegamos a la camioneta, quiso comunicarse con su familia y se dio cuenta de que su iPhone había desaparecido. Lo había colocado en la mochila que llevaba a la espalda, olvidando cerrarla cuidadosamente. El telefonito fue buscado por todas partes, en los asientos, por el suelo, en todos los rincones del vehículo… ¡Nada! Juan y Jesús marcaron su número varias veces… ninguna respuesta. ¡Esto sí que era un problema! ¿El teléfono habría sido sustraído de la mochila, como suele suceder en días de gran afluencia de gente? Comenzamos a orar, cada cual invocando a Dios y a los santos con fervor.

Por mi parte, invoqué a mi suegro, San José, el esposo de mi Madre Celestial. Como ya nos había obtenido un buen número de milagros para nuestra casa en Medjugorje, le recordé lo que él era capaz de hacer y le dije: “Tú sabes en qué manos está este teléfono y lo importante que es para nosotros. Aspectos de nuestra misión correrán peligro, y esta misión debe servir para difundir los mensajes de tu Esposa, María; por lo tanto, esto hace que estés directamente implicado. Perdona mi audacia, pero te ruego que nos lo devuelvas haciéndolo llegar a nuestras manos. Puedes hacerlo, ya que has demostrado en otras ocasiones tu gran poder de intercesión…”

Poco después de esta oración, decidí llamar al número de Juan Antonio, sabiendo muy bien que minutos antes las llamadas de mis amigos no habían tenido respuesta. Sin embargo llamé y se escuchó el sonido del teléfono. Juan Antonio sobresaltado escuchó de dónde provenía el sonido… Su teléfono estaba allí, entre él y yo, ¡tranquilamente ubicado en el asiento!

Imaginen la inmensa alegría que nos embargaba, y ¡las acciones de gracias que surgían de nuestros corazones y de nuestras bocas! Los cinco estábamos siendo testigos de un hecho extraordinario que nunca olvidaremos. Bendito seas San José y tu amor paternal por quienes te invocan con confianza y se abandonan a tu paternidad tan tierna y poderosa. ¿No eres acaso el que ha provisto el pan de la Tierra a Aquel que es el Pan del Cielo? ¿No has sido el pastor del Cordero que debía borrar el pecado del mundo?»

© Children of Medjugorje del mes de octubre de 2024

Sor Emmanuel

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