«En Medjugorje, muchos peregrinos nos confían uno de los grandes sufrimientos que padecen en su familia, en el trabajo o entre sus allegados: oír blasfemar a menudo el nombre de Dios. Esto les hiere profundamente e intentan por todos los medios acallar al blasfemo, pero no lo consiguen. Le reprochan la blasfemia, subrayan su horror y expresan su profunda reprobación. Pero eso solo empeora el ambiente y envenena las relaciones.

En Medjugorje, la Virgen nos dio un consejo luminoso: «¡No entréis en discusión!» dijo. ¡Es un consejo para seguirlo sin moderación!

Pienso en este consejo maternal cuando escucho este tipo de confidencias por parte de los peregrinos, y los invito a cambiar completamente de actitud hacia el blasfemo.

En primer lugar, callar, eso es esencial.

Fingir no haber oído nada. Es el doloroso silencio de Jesús en la cruz, que Él rompe para decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», mientras muere de sed por las almas. Conviene hacer silencio interiormente ofreciendo el sufrimiento y el perdón.

Invocando la ayuda de Dios para mantener la paz del corazón a toda costa, como si hubiéramos oído una simple banalidad. No reaccionar, porque expresar nuestra desaprobación puede producir el efecto contrario y provocar un aumento de las blasfemias. La paz de nuestro corazón no debe depender de lo que hagan o digan los demás (¡a veces es difícil!), porque Jesús mismo es la fuente de nuestra paz.

¿Qué hacer entonces? Bendecir al Señor con fervor y alabarlo en lo más profundo del corazón. Así, las alabanzas y las bendiciones irán directamente a su Corazón y neutralizarán el efecto de la blasfemia. También se pueden recitar algunos versículos de los salmos, que aportan un gran consuelo, ya que la Palabra de Dios es una espada.

El blasfemo se cansará de blasfemar antes de que nos cansemos de bendecir.

Esta actitud de silencio y oración también es válida para cualquier situación en la que se escuchen palabras hirientes, odiosas, violentas o indecentes.

A veces, incluso es necesario salir de la habitación. Santa Teresita nos da un ejemplo: ante una hermana que a veces la exasperaba, temiendo no poder contener una reacción negativa, prefería retirarse de la habitación.

Esta dolorosa situación es también el momento propicio para recitar internamente la magnífica oración que el Ángel de Fátima enseñó a los tres pastorcitos:

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de las ofensas, sacrilegios e indiferencias con que se le ofende. Por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.”»

© Children of Medjugorje del mes de septiembre de 2025

Sor Emmanuel

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