El pasado 25 de Junio se conmemoró el 41 aniversario de las apariciones de Nuestra Señora en Medjugorje, Bosnia-Herzegovina. Para la gran celebración, miles de parroquianos y peregrinos se dieron cita en el altar exterior de la Parroquia de Santiago Apóstol. Muchos otros alrededor del mundo se unieron espiritualmente con celebraciones en sus países. Aquella fecha será recordada como un día de gracia, oración, y alegría, en gratitud por la presencia maternal de la Virgen. En el siguiente mes de Julio se llevó a cabo el XXV Retiro Internacional para Sacerdotes, dando un espacio de oración y renovación espiritual para cientos de presbíteros. Recientemente, del 1 al 6 de Agosto, el 33 Festival de la Juventud (Mladifest) congregó a más de 50,000 personas de todo el mundo. Con maravillosas celebraciones masivas, que contaron con la presencia de cientos de sacerdotes, obispos, y cardenales, el Festival suscitó una profunda experiencia espiritual multitudinaria. Estos eventos, además de ser ocasión de festejo y celebración, son una enorme oportunidad de renovar la vivencia de los mensajes de la Virgen.

Millares han sido los peregrinos que han pasado por Medjugorje, aproximadamente 50 millones. Sin embargo, pocos han sido los que verdaderamente han comprendido y comenzado a vivir los mensajes de la Virgen. Muchos dan testimonio de profundas experiencias sobrenaturales ocurridas en su peregrinación, pero no todos han comenzado un serio camino de conversión. Este es un punto crítico de reflexión personal, pues cada encuentro con Medjugorje representa la oportunidad de volver a la raíz y al punto inicial. La experiencia de Medjugorje no puede quedarse en simples vivencias devocionales o sentimentales. Medjugorje tiene como meta impulsar la conversión profunda y radical, cuyo fin es la santidad. La llamada de Medjugorje, en la actualidad, representa la misma llamada de Pablo en los inicios de la Iglesia: “Despójense del modo de actuar del viejo yo y revístanse del nuevo yo, el que se va renovando conforme va adquiriendo el conocimiento de Dios, que lo creó a su propia imagen” (Col 3,10).

Desde 1981, la Madre de Dios y de la Iglesia nos ofrece una espléndida pedagogía espiritual en sus mensajes. A través de catequesis sencillas, profundas, y concretas, Nuestra Señora realiza su labor de madre y maestra con ternura, practicidad, y amor. Su mensaje principal es la conversión, la transformación del corazón a través del amor. La conversión es el fundamento de la paz, pues cuando se experimenta el amor de Dios, el corazón humano despierta de los engaños internos en los que ha vivido. La pureza del amor, que es Dios, inunda al hombre de luz, dándole la paz y un profundo sentido existencial. Esta plenitud interior lleva al hombre a renunciar a todo aquello que pueda alejarlo del amor. María enfatiza la necesidad de volver a Dios, pues en Él se encuentra ese verdadero sentido y plenitud, que en la Biblia se expresa con la palabra hebrea Shalom (paz). Para encontrar a Dios, la Reina de la Paz recuerda los medios conocidos, pero poco valorados para llegar a El: la oración, el ayuno, los sacramentos, y la Sagrada Escritura. Al recibir la gracia divina por estos medios, el corazón se nutre y purifica, siendo ejemplo de paz y realización en el amor. Se convierte, además, en testimonio viviente para aquellos que no han conocido el amor de Dios. Solo a través del amor, el hombre se santifica y habita en Dios.

Una verdadera conversión implica una sanación del corazón, pues los pecados personales tienen como origen las heridas interiores. Estas heridas son causadas por la búsqueda fallida del amor en cosas y personas, mas no en Dios. Al encontrarse con Dios, el corazón descubre su verdad y es invitado a cambiarla. Éste el punto decisivo para muchos, pues es más fácil vivir en la comodidad espiritual que asumir la propia realidad. Nuestra Señora sabe esto, y por eso nos invita constantemente a la verdadera conversión. María recuerda que es Dios quien más desea nuestra purificación interior. Siendo purificado y sanado por el amor, el corazón puede entonces vivir la plenitud para la que fue creado.

La conversión implica un esfuerzo diario y una constante perseverancia en la oración. Es a través de sus mensajes que la Reina de la Paz ayuda maternalmente a sus hijos a progresar en este camino interior a la santidad. Aunque la Virgen se complace con nuestras muestras de amor, lo que más le agrada es la vivencia de sus mensajes, pues su propósito no es otro que llevarnos a Dios. Todo el itinerario espiritual presentado por ella en Medjugorje nos conduce y une a Dios, nos santifica a través del amor. El fruto más grande de Medjugorje no son los viajes y peregrinaciones, sino los corazones que, guiados por María, responden al amor de Cristo. “La fuerza o debilidad de Medjugorje,” decía Fray Slavko Barbaric, “vendrá de aquellos que han aceptado los mensajes.”[1]

Cuando se cumplían 11 años de las apariciones, el 25 de Junio de 1992, la Reina de la Paz dijo en su mensaje a la Parroquia de Medjugorje y el mundo: “Hoy estoy contenta a pesar de que todavía hay cierta tristeza en mi Corazón por aquellos que comenzaron a seguir este camino y después lo abandonaron. Mi presencia aquí es por tanto para conducirlos por un nuevo camino, el camino de la salvación.” La Virgen comparte la razón de su tristeza: el entusiasmo inicial por sus mensajes, y la subsecuente tibieza en la vivencia de ellos. “Por eso,” continúa la Virgen, “yo los invito día a día a la conversión, pero si ustedes no oran, no pueden decir que se están convirtiendo.” Aquí la Madre recuerda su llamado principal de conversión, y el esfuerzo cotidiano de vivir en amistad con Dios. La clave de todo esto, enfatiza la Virgen, es la oración.

“La vida de oración,” dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él.”[2] Esta comunión de amor con Dios, enfatizada por la Virgen y explicada en el Catecismo, “es posible siempre porque, mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo (cf Rm 6, 5).”[3] La oración es, pues, el establecimiento de una relación íntima con Dios, una respuesta al amor que Dios nos ha mostrado y donado gratuitamente. La meta de la oración es Dios mismo. La vida de oración, nutrida por los sacramentos, el ayuno, y la Sagrada Escritura, tiene como fruto la unión con Dios, que se transmite en obras concretas de amor por los demás. Mientras más se crece en intimidad con Dios, más se santifica el corazón con la vivencia del amor. Una conversión sincera no puede sostenerse sin la oración, “porque sin mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5).

La respuesta a los mensajes de la Virgen es el punto indispensable para los que desean testimoniar y continuar viviendo su experiencia de Medjugorje. Una peregrinación es solo temporal, pero Medjugorje continúa en la vida diaria de los que se esfuerzan en madurar su vida espiritual. Los frutos de fe, esperanza, y caridad, son el mejor signo del encuentro con Jesús, a raíz de una experiencia en Medjugorje. “Todos ustedes que han estado viniendo a Medjugorje,” aconsejaba el Padre Slavko, “esfuércense para que los reconozcan como los que oran y viven seriamente la Palabra de Dios.[4] El testigo creíble de la espiritualidad de Medjugorje es aquel que se decide a ser como María, que con sus obras y oración muestra la profunda intimidad con Dios que lleva en su interior.

[1] P. Marinko Sakota, OFM. To Live with the Heart, The Life and Work of Fr. Slavko Barbaric (Medjugorje, Bosnia: Centro de Información MIR Medjugorje, 2020), 150.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 2565.

[3] CIC, 2565.

[4] Sakota, 46.

Autor: Ottmar Tovar

Fuente: Fundación Centro Medjugorje

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