«En cierto momento de mi vida en el que sufría mucho, en un quiebre emocional maldije el día de mi nacimiento. Luego la misericordia del Señor se manifestó y pude seguirlo en la alegría y en la paz.

Cuando llegué a Medjugorje en 1989, la Santísima Virgen cautivó mi corazón a tal punto que por momentos lloraba de alegría. Antes la amaba, pero de manera un poco distante. En Medjugorje me encontraba como acurrucada en su seno maternal, como un niñito que descansa seguro y que recibe de Ella todo cuanto necesita para vivir y crecer. Este lazo entre ambas era tan fuerte que no podía siquiera imaginarme que algún día tuviera que partir de Medjugorje. Hubiera sido para mí como ser eyectada del seno materno antes de término y perecer en un desierto. Durante dos años, me nutrí de los mensajes que eran para mí como transfusiones que me comunicaban vida que recibía con avidez, como un alma sedienta que ha encontrado una fuente de agua viva.

Una pequeña anécdota: una santa mujer que venía con asiduidad, me transmitió una palabra de conocimiento: “Un día, tomarás tu bastón de peregrina e irás a llevar los mensajes de María por el mundo entero”. Le respondí: “¡No, no puede ser; no podría irme de aquí!” Pero ella estaba en lo cierto. El paso del tiempo lo demostró.

En realidad, estaba experimentando la razón para la cual María había venido a Medjugorje. Ella lo explica tan bien en sus mensajes dirigidos a cada uno de nosotros, sus hijos muy queridos. “Queridos hijos, así como llevé a mi Hijo Jesús en mi seno materno deseo llevar a cada uno de ustedes por el camino de la santidad”. Y también: “Los amo a cada uno con la misma intensidad con la que amo a mi Hijo Jesús”. “Queridos hijos, quisiera estrecharlos en mi abrazo… ¡pero ustedes no me lo permiten!” Estas no son palabras vacías. Ella propone una experiencia profunda e íntima con cada uno de sus hijos. Evidentemente actúa de manera diferente, única, con cada uno de nosotros. Nos forma como una madre sabe hacerlo para enriquecernos, embellecernos y para poder colocarnos en el abrazo de su Hijo y en el corazón del Padre.

Cuando llegué a Medjugorje no tenía ninguna actividad (¡esto no duró por mucho tiempo!) y pasaba largas horas en las montañas con la hermana de mi comunidad que había venido conmigo. Un día, al pie del Podbrdo le dije a María: “Cuando llegue allá arriba oraré contigo dedicándote un buen momento”. Entonces trepé la colina, pero cuando llegué a la pequeña cruz de metal que, en aquel entonces, indicaba el lugar de las apariciones ¡me olvidé de Ella! En cambio, quedé embargada por una oración diferente, casi irresistible, que surgía de las profundidades de mi corazón. No hacía más que repetir con fervor “Oh, Padre, ¡te agradezco por el don de la vida! Oh, Padre, ¡gracias por haberme creado! (Ver PS 1)

Al bajar, tomé conciencia de que no había cumplido con lo que le había prometido a la Virgen y le dije: “Perdóname Madre, ¡cuando estaba arriba te olvidé por completo!” Pero con el tiempo comprendí el sentido de este episodio: María había recordado que un día yo había maldecido el día de mi nacimiento. Entonces, como madre quiso borrar en mí todo resto de esas horribles palabras pronunciadas en momentos de sufrimiento y suscitó en mí su propia plegaria, una especie de Magnificat adaptado a mi corazón. En síntesis, me estaba esperando allí para sumergirme en el abrazo de mi Creador, el Padre Celestial “de quien proviene toda paternidad en el Cielo y en la Tierra” para que pudiera glorificarlo con Ella. Como siempre, humildemente María se hizo pequeña ante Dios.

Nunca olvidaré lo que hizo por mí; no merecía en absoluto semejante favor.

Con alegría les he compartido lo que viví, porque cada uno de nosotros puede experimentar ese vínculo vital que existe entre la Madre y su hijo. En efecto, estoy segura de que María prepara para cada uno de nosotros gracias aún mayores de la que recibí, ¡especialmente en vista de la situación crítica del mundo hoy en día! Su felicidad de Madre consiste en dar lo mejor a sus hijos: en darles a Dios y el camino que lleva a Él. Si nos hemos consagrado a Ella en cuerpo y alma, deseamos el triunfo de su Corazón Inmaculado y lo apresuramos. Cuando trabajamos con Ella, se producen milagros.

Y también por eso Ella nos invita siempre a orar por aquellos hijos suyos que todavía no conocen el amor de Dios. Grande es su dolor al verlos lejos de su Hijo. Hasta llegó a decir el 24 de mayo de 1984: “Les suplico, no dejen que mi corazón llore lágrimas de sangre por ustedes, a causa de las almas que se pierden en el pecado”.»

© Children of Medjugorje – 13 de mayo de 2022

Sor Emmanuel

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