En Herzegovina fueron martirizados 66 franciscanos durante la II Guerra Mundial

A 40 km de Medjugorje se encuentra Široki Brijeg, y allí una iglesia dedicada a la Virgen de la Asunción que custodia los restos de 24 mártires franciscanos, de los 66 que fueron asesinados por los comunistas por odio a la fe durante la II Guerra Mundial en Bosnia Herzegovina. Široki Brijeg, como toda Herzegovina, y la propia Croacia, era y es una región profundamente católica, y por tanto etiquetada como “pro-fascista” durante la Guerra y posteriormente demonizada en la Yugoslavia comunista de Tito. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, esta sencilla iglesia franciscana comienza a recibir más y más peregrinos de Medjugorje, pues es fundamental para comprender la cultura católica y la historia de Bosnia y Herzegovina, así como la presencia de los franciscanos en estas tierras. Unos mártires, además, que provocaron la conversión de algunos de sus propios asesinos.

Los franciscanos, custodios de la fe

Bosnia y Herzegovina fue una región profundamente católica hasta la ocupación turca en 1463. Los musulmanes destruyeron sistemáticamente iglesias y monasterios. El clero diocesano fue desapareciendo y los únicos sacerdotes que quedaron allí, en medio de la persecución y mezclados entre el pueblo y atendiéndolo clandestinamente fueron los franciscanos. En 1846, doce de sus frailes de origen herzegovino pudieron construir un monasterio y una iglesia en Široki Brijeg. También construyeron carreteras y puentes y, con el paso del tiempo, introdujeron electricidad en la zona. Junto a la iglesia, construyeron un seminario y una famosa escuela que llegó a ser una reconocida sede de aprendizaje y rendimiento escolar.

Y de esta forma, Široki Brijeg se convirtió en un centro cultural cristiano, mientras el santuario se transformó en un símbolo de Herzegovina. Sin embargo, 100 años después, la persecución religiosa contra los católicos se avivó y el monasterio y sus obras fueron devastadas y destruidas.

El martirio de 30 franciscanos: asesinados y quemados

Esta  nueva etapa de terror comenzó el 20 de mayo de 1942, cuando Fray Stjepan Natetilic fue sacado de su casa y fusilado cerca del pueblo de Zanaglina Kupres. Tres años después, el 7 de febrero de 1945, los miembros del Partido Comunista decidieron destruir del símbolo cristiano desde sus cimientos, y desarraigar la fe católica, la bondad y el reconocimiento de los frailes franciscanos del corazón del pueblo.

Ese día, llegaron a Široki Brijeg a las tres de la tarde, y encontraron a 30 religiosos en el monasterio; muchos de ellos trabajaban en el instituto adyacente: eran profesores y muchos licenciados y doctorados. Al grito de “Dios ha muerto, no hay Dios, no hay Papa, no hay Iglesia, no hay necesidad de ti, vuelve al mundo y trabaja”, los partisanos intentaron que los frailes abjuraran de su fe y se quitaran el hábito religioso. Sin embargo, con entereza, ellos respondieron: “Somos religiosos consagrados, no podemos quitarnos los hábitos”.

Entonces, uno de los cabecillas tomó un crucifijo, lo arrojó al suelo y les invitó a elegir entre la vida o la muerte. Para su sorpresa, cada uno de los frailes se arrodilló, abrazó y besó a Jesús, sosteniendo la Cruz contra el pecho, y repitiendo todos como San Francisco: “Dios mío y mi todo”.

Su respuesta estaba dada, por lo que los comunistas tomaron a los frailes uno a uno, los sacaron del convento y los mataron. Luego rociaron sus cuerpos con gasolina y los quemaron. Como narran los propios partisanos, los frailes se fueron a la muerte rezando y cantando la Letanía de Nuestra Señora.

El monje más anciano, el P. Marko Barbaric, tenía ochenta años. Había perdido la memoria durante la Segunda Guerra Mundial, y aquel día estaba en su habitación enfermo de tifus. Sin embargo, los comunistas le ordenaron que saliera y se uniera a los demás. El P. Marko Barbaric tenía fama de santidad entre los seminaristas. El más joven era el Fray Rados, de veinte años, nacido el 14 de noviembre de 1925 y acababa de terminar el noviciado.

Conversión de un comunista

Uno de los testigos quedó impactado por el comportamiento heroico de los frailes. En su relato de los hechos explica que “desde que era un niño, en casa, siempre escuché de mi madre que hay un Dios, que Dios existe. Sin embargo, Lenin, Stalin y Tito siempre habían afirmado lo contrario e hicieron todo lo posible para inculcarnos que no hay Dios, que no existe”.

Y prosigue: “Cuando las circunstancias de la vida me llevaron al martirio de Široki Brijeg y vi cómo los frailes enfrentaban la muerte, rezando y bendiciendo a sus perseguidores, suplicando a Dios que perdonara los pecados de los verdugos, entonces las palabras de mi madre sonaron claras, y pensé: mi madre estaba en lo cierto, hay un Dios, ¡Dios existe!”. Este testigo acabó volviendo a la fe católica, y tiene un hijo sacerdote y una hija religiosa.

Una semana después del martirio de Široki Brijeg, los comunistas mataron a otros siete frailes en Mostar. Estos frailes, aunque sabían lo que había sucedido en Široki Brijeg, habían decidido no escapar, sino permanecer en el convento y cerca de las almas que les habían encomendado. De ellos, tres eran de la parroquia de Medjugorje y en 1933 habían colaborado en la construcción de la cruz blanca que hay en el conocido como “Monte de la cruz” del pueblo de las apariciones marianas.

Camino a los altares

Después de la Guerra, los comunistas se esforzaron por separar a los niños de su identidad nacional y su fe. Herzegovina fue desatendida, muchos, por razones económicas, se vieron obligados a emigrar a otros lugares mientras también se dio un despertar religioso en el que muchos jóvenes y, de la forma que pudieron, se unieron a diferentes comunidades religiosas.

Los franciscanos abrieron un registro de los frailes torturados y asesinados, y en 1971 se pidió que los testigos aportasen todas las pruebas posibles sobre las circunstancias que llevaron a sus muertes. Aunque no fue hasta la caída del comunismo en 1989 cuando comenzó un trabajo más sistemático sobre las circunstancias que rodearon las atrocidades en Bosnia Herzegovina.

Por supuesto que entre las calumnias lanzadas contras estos franciscanos se encontraba su falsa colaboración con la Ustacha, una organización filo nazi fundada en 1929 y que aterrorizó y asesinó a miles de serbios, judíos y disidentes políticos durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su inocencia y su distancia con la Ustacha siempre ha quedó clara, por lo que los franciscanos de Široki Brijeg continúan con el proceso de canonización de estos frailes mártires.

Fuente: Religión En Libertad

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